No importa el lugar donde vivamos, ¡siempre podemos estar conectados con la naturaleza!

 

Si no contamos con espacio verde, ¡a no bajonearse! sólo basta visitar viveros, plazas, reservas, aprovechar las vacaciones o dar una vuelta por el barrio todos los días. ¡Todo paseo es fuente de descubrimiento! Lo importante es contemplar, tocar (con amor y cuidado), observar la transformación de las plantas y su comportamiento frente a la lluvia, el viento, el sol pleno, la noche, la falta de agua o los cambios de estación. Observar cómo interactúan con los insectos y los pájaros, el sitio donde crecen (a veces caprichoso e increíble).
Muchas especies espontáneas, aparte de su empleo medicinal, cumplen una misión importante en las grandes ciudades. Aportan verde, oxígeno y nutren el suelo, repelen insectos y nos deslumbran con su inteligencia. La ciudad francesa de Nantes (por ejemplo) con sólo dejar crecer la vegetación silvestre redujo el uso de pesticidas en un 97,5%. La herborista Frédérique Soulard, mientras trabajaba en una herboristería, se dio cuenta de que las amapolas que crecían en su barrio aprovechaban las pendientes para hacer rodar sus semillas y así extenderse poco a poco; o que la Ruina de Roma (nombre de una maleza) crece en las paredes antiguas y debe su nombre al hecho de que se empleaba para decorar los muros de piedra del siglo XVIII.
A unas pocas cuadras de casa tomé fotos de la Yerba carnicera (Conyza bonariensis). Esta hierba sumamente medicinal (considerada un yuyo invasor) posee una belleza etérea y sutil, crea salud y mantiene alejados a muchos bichitos. A la planta entera se le atribuyen los siguientes beneficios: digestiva, febrífuga, colabora en la expulsión de lombrices, es diurética, antirreumática, antimicrobiana, antimicótica, antidiarreica, favorece la eliminación de ácido úrico, hepatoprotectora y cicatrizante de heridas y úlceras.

Cariños,
Eleonora.
💗💗

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